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En la digna decisión del aún president de la Generalitat se entremezclan las razones personales y las políticas. Tras cuatro años en el poder, la perspectiva de dirigir desde los bancos de la oposición un partido empequeñecido y conmocionado por el enorme correctivo recibido es dura, pero sin duda habrá pesado más en Montilla -curtido en los sinsabores de la política- la conveniencia de alejarse del foco y dar paso a otras personas para pilotar la ardua tarea de reconstrucción estratégica que debe afrontar el PSC.
Los socialistas catalanes gustan de describirse como el partido que más fielmente refleja a Catalunya desde el punto de vista sociológico. Es cierto en la medida en que el PSC recibe adhesiones de catalanes viejos y nuevos y cubre una gran franja del espectro progresista. El propio Montilla es un ejemplo de ello, y la forma en que ha ejercido la presidencia de la Generalitat, defendiendo los intereses catalanes aun a costa de incomprensiones -cuando no críticas abiertas- de sus correligionarios del PSOE, ha cerrado el falso debate de si Catalunya estaba preparada para que un no nacido aquí la presidiera.
Nada es eterno en política, pero objetivamente no sería bueno para el país un PSC relegado a un papel secundario. Las dos almas (catalana y española) que tradicionalmente ha tenido el partido le han conferido un delicado equilibrio
-no pocas veces al precio de contradicciones- para el objetivo superior de la cohesión social. El gran riesgo que tiene hoy el PSC es que siga sin contentar a ninguna de las dos, como se reflejó el domingo en las urnas. Quien suceda a Montilla deberá tenerlo muy presente.